Por Carlos Cappina *

«La historia ocurre dos veces: la primera como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa». Perdón que utilice una frase de aquel gran pensador para hablar de Juana Viale.

Pero bueno, en este caso la tragedia sería Mirtha y la miserable farsa su nieta.  Juana Viale carece del más mínimo aditamento cultural o destreza social (mucho menos que su famosa abuela) lo que va acompañado de una ignorancia profunda.

Pero, a no confundirse , detrás de esa “tilinguería” está intacto el sentido y el objetivo de su presencia en los famosos «almuerzos»:  proteger los intereses de la oligarquía argentina.

Quizás ella misma carezca de la conciencia de su verdadero rol,  pero lo desempeña a la perfección:  Esta vez se le animó nada menos que al Papa Francisco. ¿Repentino arranque antirreligioso?¿Iluminismo positivista? ¿Conversión al evangelismo? NADA DE ESO: El Papa osó decir que la propiedad privada no lo es todo y la elite argentina tomó rápida nota.

Juana Viale reaccionó como esas señoras paquetas de misa diaria que hasta le dan una limosna al mendigo de la puerta de la iglesia pero se indignan si el sacerdote les recuerda que para el cristianismo todos/as son iguales.  Nuestra elite oligárquica es la única clase que desde hace 200 años tiene absoluta conciencia de sus verdaderos intereses. Y si el mismísimo Papa roza el sacrosanto derecho a la propiedad , allí está Juana Viale para iniciar la lucha antireligiosa.

 En 1955 era al revés: la oligarquía se volvió ultra católica cuando la Iglesia se opuso a Perón. Lo dicho, conciencia de clase oligárquica. Por aquellos años la representación oligárquica la tomaban mujeres de la lucidez de Victoria Ocampo. Hoy la elite acude a Juana Viale. Eso también es una miserable farsa.

  • Titular de la Cátedra de Historia de América Latina de la FPyCS de la UNLP.

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