Por Santiago Nicolás Bergesio

“Vamos a tener que repensar todo el sistema de salud. Las prepagas no saben dónde colocar a la gente. Dicen los que saben que tal vez vengan otras pandemias. Lo peor que nos puede pasar es negarnos a discutir la realidad” fue la frase que encendió los debates. La dijo Cristina Fernández de Kirchner, por segunda vez desde que es vicepresidenta, hace apenas unos días en la ciudad de La Plata. Su pronunciamiento se enmarca en una idea que pregona el Instituto Patria literalmente desde su nacimiento, en 2016, reivindicada a su vez en la campaña de 2019, que consiste en la “optimización” del sistema de salud argentino. En ese contexto, pese a no existir proyecto de ley o borrador, la intervención de Cristina sí logró reavivar la discusión acerca de cuáles son exactamente los alcances de aquel plan de optimización y qué intereses atraviesa, directa o indirectamente.

En Argentina, el sistema de salud está fragmentado en tres grandes sectores, poco ensamblados entre sí: el público, el privado y el de las obras sociales. Surge entonces la primera clave: el desafío central del plan de reforma no es estatizar, sino integrar. Lo subraya la Comisión de Salud del Patria: la estructura está segmentada hace décadas. Y si los tiempos difíciles profundizan las divisiones, el coronavirus se encargó de confirmarlo, puesto que confluyeron en los mismos hospitales personas que pagan extra por servicios médicos y personas que se atienden gratuitamente por derecho, algo poco visto en momentos de “normalidad”. Pero en un contexto fragmentado, ¿acaso hay grupos que deban tener “prioridad”? Algo es seguro. La distribución de esos grupos es ampliamente despareja. Y todos tienen sus puntos a favor y en contra.

El sector privado está integrado en su mayoría por prepagas y nuclea a alrededor de 5 millones de personas (11% de la población), afiliadas por pago directo o por transferencia de aportes. Por su parte, las obras sociales – sindicales, provinciales, PAMI, etc. – conglomeran cerca de 28 millones de personas (62% de la población). En tanto, aproximadamente 13 millones de personas (27% de la población) deciden atenderse, ya sea por carecer de seguridad social o de capacidad de pago, en el sector público, que es en última instancia el que absorbe los desbordes de los dos anteriores. Es por eso que la propuesta más sobresaliente del kirchnerismo radica en la creación del Sistema Nacional Integrado (SNISA), un organismo que dependería del Ministerio de Salud pero que sería operado a través de la Superintendencia de Servicios de Salud (SSS), el ente que regula el funcionamiento de las obras sociales y las prepagas, pero no del sector público.

A fin de cuentas, el eje central es el control. Y mayor responsabilidad significa más dinero. Bajo el régimen actual, el sector público se sustenta con recursos contemplados en el presupuesto. Sin embargo, el costo es solventado principalmente por las provincias y los municipios: Nación apenas financia 0,5 de los 2,5 puntos del PBI destinados, cayendo la carga en los aparatos estatales con menos recursos y más población que atender. En tanto, las prepagas se financian a cuenta de sus afiliados, pero necesitan la aprobación del Gobierno para aumentar sus precios. De no conseguirlo, ajustan con recortes en salarios e insumos. Por último, los sindicatos y sus obras sociales, que son las que poseen el mayor caudal, se financian con los aportes de los trabajadores y empleadores, aunque se reservan un 15% para lo que se denomina “Fondo de Redistribución Nacional”, un fondo de reintegro que alcanza varios miles de millones de pesos. Con la reforma, esa acaudalada caja pasaría a manos del Gobierno y representaría una pérdida de poder concreta de los sindicatos.

Con mucho camino por delante, el debate está instalado. Y a pesar de que la creación de un organismo superior regulatorio económica y operativamente pueda significar aire fresco en un sistema que muestra falencias, no garantiza el progreso. Para ello se necesitará coordinación entre la clase política, sindical y empresarial. De hecho, así lo defendió Carla Vizzotti, al afirmar que la pandemia “ha sido una oportunidad muy grande para entender que la salud es una sola”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *