Por Santiago Nicolás Bergesio

La “grieta” por el asfaltado llegó nuevamente a la ciudad. Luego de que el Municipio comenzara con las tareas de repavimentación en el marco de un plan de infraestructura vial, un grupo autoconvocado de vecinos alzó la voz “EN CONTRA DEL ASFALTADO INJUSTIFICABLE DE NUESTRO ADOQUINADO. Su objetivo es juntar la mayor cantidad de firmas para detener las obras no en las calles ya asfaltadas, sino en aquellas las que todavía permanecen los tradicionales adoquines de granito y piedra molida.

La historia del empedrado del trazado platense comienza casi en simultáneo con la misma historia de la ciudad. En febrero de 1883, menos de 6 meses después de que Dardo Rocha funde la flamante capital de la Provincia, se abrió el proceso de licitación para la colocación de los adoquines. Dos años más tarde, la ciudad contaría ya con cerca de 200.000 metros cuadrados de empedrado. La mayoría de los bloques utilizados habían sido traídos de Europa e intercambiados por trigo y carne.

El pasaje de calles de tierra a adoquinadas significó un antes y un después en la higiene de la ciudad. De hecho, según el Colegio de Arquitectos de la Provincia de Buenos Aires, uno de los beneficios más importantes del empedrado radica en que posibilita la absorción de agua de lluvia, que evita la impermeabilización del suelo” (tan perjudicial en las inundaciones). Agrega, además, que “es un material sustentable porque puede ser reutilizado”, “dura hasta 80 años” (contra los 10 del asfalto) y “soporta cargas muy altas, como las existentes en puertos y aeropuertos”.

La disputa también tiene su veta legal. En 1998, se declaró – a través de la ordenanza 9009 –como parte integrante del Patrimonio Arquitectónico y Cultural el empedrado de granito de las calles, avenidas y paseos. Sin embargo, en 2018 se sancionó en el Concejo Deliberante una nueva ordenanza – la 11738/18 – que exceptúa aproximadamente 50 cuadras adoquinadas de la legislación que las protegía como patrimonio histórico inalterable. Las exposiciones de los concejales siguen, en casi todos los casos, la línea de pensamiento dispar de los propios vecinos de la ciudad.

Entre los que se oponen, aparece tanto la vertiente histórica: “Es criminal tirar asfalto sobre adoquines”; como la coyuntural: “Hay barrios que pagan fortuna de tasa SUM y no tienen asfalto”. Por el contrario, entre aquellos que defienden el repavimentado emerge la postura desarrollista: “Hay elementos vinculados con el progreso que son inevitables y obligan a repensar la ciudad», aunque también la más concesiva: “para cada calle en la que se quiera avanzar debería requerirse un dictamen específico”.

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