Por Nora Benesperi

Tenía muchas habitaciones, empapeladas con flores rosadas o celestes alternando con manchas de humedad que las pintaban de tonos sepia; pasillos interminables, ventanales que daban al parque rodeado de montañas. En el costado de la glorieta había una mesita de hierro forjado, verde, llena de macetas , los colores se concentraban ahi.
Solíamos ir de vacaciones toda la familia, quedaba en un pueblo a 20 km de Córdoba Capital.
Éramos un batallón de chicos, escalábamos montañas, corríamos por los pasillos de la casa y nos escondíamos en lugares impensables.
Tía Esmeralda tenía nombre de piedra preciosa, ese lugar como ella tenía algo especial, esa casa era especial; hasta un fantasma subía o bajaba las escaleras del comedor, nunca lo supimos con exactitud, pero los escalones crujían y se escuchaban las pisadas acompasadas, tenebrosas, siempre a la misma hora.
Nosotros nos quedábamos quietos esperando, nos tomábamos de las manos para soportar el miedo.
Extrañamente los grandes no escuchaban nada. Le pusimos «la hora del secreto. «
Aún hoy cuando lo recordamos a mi me dan ganas de volver a tomarnos de las manos.
La tía murió, la casa creo la demolieron , y el fantasma quién sabe por dónde caminará…

Un comentario en «La Casona de tía Esmeralda»

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