Año 1991. Viaje de egresados.
La tecnología de la época me juega una mala pasada: la vieja cámara de fotos familiar, chatita, rectangular, con rollo, se traba justo en el momento en el que sale el cucú. El viaje debe seguir, nos vamos, vuelvo sin la foto.

Mis hijas siempre se ríen con esa anécdota, cuando la cuento mucho más larga y decorada (exagerada).

Cuando planeamos este viaje, el cucú se instaló como tema, por el chiste de aquella experiencia frustrada y la posibilidad de saldarla.

Volví a Carlos Paz, 32 años después de aquello. Fuimos al cucú.

Es apenas una casita de madera a un costado de la ruta, con un pequeño pajarito al que, por el ruido urbano, apenas se le oye el canto.

Pero para mí fue más que eso. Fue volver a conectarme con aquel nene de 12 años, que usó mis ojos de asombro para colarse y salir, y volver a ser, por un rato.

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